La realidad del Gobi contada desde dentro

Por Alejandro García

Esta entrevista nace de un sueño. De mi sueño —quizá un poco ingenuo, pero profundamente arraigado— de explorar Mongolia a caballo.

Hace unos meses, crucé el país siguiendo el mar verde de la estepa con una mochila y un caballo, en una aventura que me enseñó más de mí mismo de lo que hubiese podido esperar.

Durante este viaje quise visitar a los Tsaatan, una tribu de pastores de renos que se encuentra en la zona más al norte del país, para lo que contacté con una fixer local. Entre gestión y gestión, me habló de su proyecto: una compañía de turismo local para promocionar de forma ética su tierra natal, el desierto del Gobi. Su nombre es Bolormaa, pero todos la llaman Boogii. Pastora, guía, traductora de inglés autodidacta y promotora cultural a partes iguales, Boogii forma parte de una nueva generación de mujeres nómadas que intentan equilibrar la tradición con un turismo creciente, a menudo impulsado desde Ulaanbaatar, la capital, con mensajes vacíos y de manera simplista.

Meses después de aquella primera conversación, pensé en ella para este reportaje. Esta es su historia y, a través de ella, también la del Gobi.

La realidad del desierto: la voz de quienes viven allí donde no hay nada


El desierto del Gobi es uno de los iconos turísticos de Mongolia, aunque quienes viven allí rara vez reconocen en los folletos oficiales su propia realidad. Boogii lo explica con claridad y cambia su sonrisa por una leve mueca: “El Gobi es duro. Seco. Extremadamente desafiante. La vida del pastor requiere esfuerzo, resistencia y cuidado constante de los animales. Pero desde Ulaanbaatar a veces se promueve otro tipo de Gobi, uno más cómodo, más estético, más fácil de consumir.”

Esa desconexión entre la vida real y la narrativa institucional es un tema recurrente en la conversación. La promoción turística del país suele focalizarse en imágenes grandilocuentes: “la última cultura nómada”, “la naturaleza intacta”, “la vida tradicional en las yurtas”. Un relato que busca atrer, sí, pero es engañoso.

Boogii y su marido —también pastor y hoy conductor de sus tours— llevan 17 años dedicándose al turismo. Fundaron Gobi Girl, su compañía, con una convicción clara: que el viaje puede ser una puerta hacia la verdad y no un escaparate prefabricado. Su misión es tan simple como revolucionaria: contar el Gobi desde dentro, sin filtros, sin decorados, sin la versión estilizada que sale de las oficinas de Ulaanbaatar.

La industria turística del país, sin embargo, se encuentra en un punto delicado. Mientras Mongolia intenta posicionarse internacionalmente con una identidad fuerte, el mensaje se ha simplificado hasta el punto de distorsionar la complejidad de la vida rural. El desierto del Gobi, explica Boogii, es tanto una geografía como un carácter. Es duro, seco, implacable… pero también un lugar lleno de belleza. “Desde la capital, a veces se lo presenta como un lugar fácil y cómodo para el turista”, lamenta. “Pero la vida del pastor es trabajo, resistencia, decisiones difíciles y adaptación constante.”

La distancia entre el Gobi vivido y el Gobi comunicado genera fricciones profundas. No solo en la percepción del viajero, sino en la identidad de la comunidad. Mientras Mongolia intenta posicionarse globalmente con la etiqueta de “última cultura nómada”, el mensaje se simplifica tanto que se convierte en cliché. Boogii es clara con esto: “Nuestra vida no es una postal congelada en el tiempo. Tenemos problemas reales: clima extremo, sequías, inviernos muy duros, jóvenes que se marchan. Necesitamos que el mundo entienda eso… El romanticismo no ayuda a entender lo que vivimos.”

Un festival para entender el Gobi local

En enero de 2026, Boogii y su comunidad celebrarán el primer Camel Festival, una iniciativa organizada íntegramente por pastores locales. A diferencia de los grandes festivales promovidos por instituciones estatales o provinciales, este nace desde dentro, desde la comunidad.
Su objetivo es triple:

  • Combatir la visión superficial del desierto, mostrando su cultura desde la
    autenticidad.
  • Dar visibilidad a la cultura del camello bactriano, símbolo del Gobi.
  • Generar ingresos alternativos para las familias pastoras en los meses más duros del invierno.

El festival responde también a una preocupación creciente: la desaparición gradual de ciertos saberes tradicionales. “El estilo de vida nómada está cambiando”, admite Boogii. “El clima está cambiando. La mentalidad de los jóvenes también. Queremos que estas tradiciones no se pierdan.” Aquí aparece otro punto crítico, la falta de apoyo institucional. No trabajan con oficinas de turismo ni locales ni nacionales. Su trabajo se sostiene sobre su propio esfuerzo, el conocimiento heredado y la colaboración voluntaria de las familias de la zona. Este vacío institucional evidencia una fractura: Mongolia tiene una estrategia nacional de turismo sostenible, pero su implementación sobre el terreno es desigual. En regiones como el Gobi profundo, las iniciativas más auténticas nacen de las comunidades, no de los despachos de la capital.

Las mujeres del Gobi

En cuanto a lo referente al papel de la mujer en Mongolia, Boogii habla desde una profunda admiración y orgullo. “Cuando hay sequía o lluvia insuficiente, los maridos a veces se van con parte del rebaño en busca de mejores pastos. Las mujeres se quedan cuidando a los animales, procesando la leche, conduciendo motocicletas, criando a los hijos… todo al mismo tiempo. Son fuertes, resilientes y capaces de adaptarse a todo.” Frente a una narrativa turística que suele representar a Mongolia a través de figuras masculinas —jinetes, cazadores con águilas, guerreros históricos—, la vida real del Gobi pone el peso de la supervivencia en hombros femeninos. Estas mujeres, casi ausentes de la narrativa oficial, sostienen la continuidad de un modo de vida que la globalización ya ha empezado a erosionar.

Las historias que faltan por contar


Al preguntarle qué cree que debería contarse más sobre el Gobi, Boogii no menciona grandes aventuras ni rituales exóticos. Habla de lo cotidiano: preparar productos lácteos, mover el rebaño bajo un cielo inmenso, las pequeñas celebraciones locales, la forma en que los niños aprenden a leer el terreno y el viento. Son historias sencillas, pero esenciales para romper con el relato “fotogénico pero incompleto” que domina las redes sociales y buena parte del periodismo occidental.

También pide que se deje de repetir ciertos tópicos: “La naturaleza intacta”, “el país suspendido en el tiempo”, “los últimos nómadas”. No porque sean falsos, sino porque reducen una cultura compleja a un eslogan fácil. “Quiero que muestren el equilibrio real: tradición y modernidad, belleza y dificultad. No estamos congelados en el pasado. Estamos vivos, cambiando, resistiendo.”

El futuro: un turismo de implicación
Cuando imagina el mañana, Boogii no sueña con un turismo masivo ni con infraestructuras de lujo. Sueña con participación. Que el viajero deje de ser observador y se convierta en acompañante. Que ayude a ordeñar, que aprenda a leer el viento, que entienda que el paisaje también es un maestro.

Su deseo es crear una base cultural viva, un espacio donde tradición y hospitalidad convivan sin convertirse en exhibición. Un futuro donde la autenticidad no se negocie y donde el turismo sea un puente — no un escaparate— entre mundos distintos. Pero para que ese futuro sea posible, es imprescindible una comunicación más honesta, más profunda y —sobre todo— más cercana al territorio. Algo a lo que contribuyen enormemente personas como Boogii.


Epílogo: una experiencia que deja huella.

Es fácil romantizar un destino. Yo también lo hice antes de viajar allí, y lo he hecho en otros destinos. Sobre un caballo, envuelto en viento y silencio, sentí que todo encajaba en esa fantasía de libertad absoluta.

Sin embargo, Boogii encarna otra visión. No una Mongolia congelada en el tiempo, sino una Mongolia que respira, que se defiende, que evoluciona. El Gobi no es una postal perfecta. Es vida, esfuerzo, orgullo y contradicción. Es un territorio que merece ser contado con todos sus matices. Y quizá por eso, ahora más que nunca, necesitamos voces como la suya: honestas, reales y capaces de mirar más allá y velar por su tierra. Recordar el pasado, pero con la vista puesta en el futuro.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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