Por Miguel Digón
Estoy en plena preparación del viaje a Yeda. Tengo mi eVisa y mis billetes con Wizzair (496 euros): vuelo directo desde Milán y regreso a Roma, del 19 al 31 de diciembre. Cerraré el año cumpliendo una promesa: visitar la tumba de un amigo, Caro Michele, recorriendo de nuevo Campo Marzio y deteniéndome delante del Palazzo Naro de su infancia. Fue un privilegio tener un guía de Roma como él.
Casualmente, mi viaje será casi en las mismas fechas que el de Ali Bey. Esa coincidencia me emociona, como si viajara conmigo. Pero aún no tengo alojamiento ni itinerario. He mirado algún que otro Airbnb sin encontrar nada que me convenza. Busco algo más: vivir con un local, como aquella vez con Doğukan, en el antiguo barrio judío de Balat, en Estambul, antes de que la turistificación lo cambiara todo. Tampoco quiero un hotel: los siento fríos, impersonales. Pienso en un hostel, un lugar donde encontrar otros viajeros y ser coherente con mi manera de viajar.
Sin embargo, tengo dudas. No imagino los hostels de Yeda como los de siempre, propios del solo traveler o del backpacker, donde terminas conociendo gente afín. Me gustaría cruzarme con viajeros con mis mismas inquietudes y, por qué no, con algún fotógrafo, como Omar Mamdouh, un egipcio que conocí en un hostel en Seki, en la Ruta de la Seda, en Azerbaiyán.
Sigo buscando. El hotel Ibis Jeddah Center parece bien situado y en presupuesto. También me tienta el Hotel Diva, en pleno Al Balad, porque podría ofrecer algo más auténtico. Pero no soy de hoteles: casi siempre me quedo en hostels o alojamientos compartidos. Reviso reseñas y algo dentro de mí se relaja. Sé que, en los viajes, todo termina acomodándose, como si el destino acompañara al viajero nómada. Escucho Nomadi, himno de Juri Camisasca —el eremita del Etna— en la voz de Franco Battiato.

Mientras busco, pienso que lo que busco no es solo un lugar donde dormir, sino no estar solo en el viaje. Porque, aunque viajar sea un ejercicio de meditación y distancia, necesitamos sentirnos menos extranjeros, más parte de algo. Es ni más ni menos que la búsqueda del viajero nómada del eterno caravanserai.
Recuerdo aquel hostel en Tánger, en la medina, con su azotea con vistas al mar, donde compartíamos crepúsculos invernales. Aquellos sfanjs del desayuno a los que me volví adicto y la calidez, esa familia improvisada, me marcaron. Esa es la conexión que busco: una forma de vivir el viaje, no solo de transitarlo.
Sigo escuchando Nomadi y pienso en otro viajero: Eugenio Turri, el antropólogo del paisaje. Comprendo que no hay que preocuparse tanto: la incertidumbre también es parte del viaje. Aunque presumo de espíritu libre, me cuesta dejar fluir: una de mis tantas contradicciones, las dualidades de un géminis de manual.
Gracias a esta búsqueda voy entendiendo mejor el panorama turístico de Yeda. Intuyo qué tipo de viajero llega, cómo se mueve el destino, y noto que para el solo traveler con inquietudes culturales, es todavía un territorio casi virgen. Esta búsqueda se vuelve una de las partes más emocionantes del viaje. Al planificar vemos más de lo que creemos: no solo sobre el destino, sino sobre nosotros. Comprendo que no hace falta tener todo bajo control. Hay que organizar, pero sin precipitarse. Lo esencial es ser fiel a la propia manera de viajar. No ser un viajero impostor, sino uno convencido del destino que elige y de cómo lo recorre.
Sigo dudando y mientras tomo mi decisión, pienso en Simón del desierto, aquel asceta que Buñuel subió a una columna para escapar del mundo y acabó, sin saber cómo, en una discoteca. A veces me siento así: parto buscando silencio y autenticidad y termino atrapado entre búsquedas de alojamiento y contradicciones varias. Pero quizá eso sea precisamente viajar: intentar tocar el cielo sabiendo que el polvo siempre te alcanza. Tal vez la verdad del viaje esté ahí: en seguir avanzando, aunque no sepamos exactamente de qué manera. Suena Més lluny de Lluís Llach y sigo mirando hacia adelante.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
