Por Miguel Digón
“Me gustaría conocer los lugares donde escribió Chatwin, porque eso me hace sentir más cerca de él”, dijo Isabel López durante la clase. Aquella frase se me quedó grabada. En ella entendí que escribir con los pies en movimiento no consiste solo en desplazarse, sino en reconocer que el movimiento es una forma de pensamiento. Isabel insistía en la importancia de estar en el lugar donde algo sucede, de sentir el espacio antes de narrarlo, de dejar que el viaje nos transforme antes de convertirlo en palabras.
Pero la idea que más me resonó fue la de la anatomía de la inquietud. Si una vida sedentaria es mala para el corazón, también lo es para el alma. La quietud enferma. Y el nomadismo, que debería ser sinónimo de libertad, todavía provoca desconfianza: muchos siguen viendo al nómada como un fugitivo o un inadaptado. Pero el buen viajero tiene que ser nómada por naturaleza.
En esta cuestión del nomadismo fue donde más me conecté con Chatwin: en su obsesión por el movimiento. Esa obsesión me ayuda a mirarme desde la distancia, a cuestionar mi propio impulso de huir o cambiar de lugar. En ese desasosiego —que no es tormento, sino deseo de libertad— encuentro mi manera de resistir la monotonía. Quizás porque, en el fondo, soy un mal gallego que no cree en la morriña y que desde que nació está enfermo de nomadismo. Viajar, al fin y al cabo, no es una huida: es un trabajo que exige esfuerzo, adaptación y versatilidad; eso que ahora llamamos interculturalidad.

Esta fascinación por el nomadismo como filosofía de vida me recuerda la emoción de la primera vez que vi un cuadro de Pippo Rizzo, de 1929, Il nomade, que descubrí en una exposición en el Palazzo Ducale de Génova: un hombre con gabardina, en una estación de tren, con la elegancia contenida y la sofisticación al más puro estilo de Chatwin, del que está a punto de partir. Pocas veces un cuadro me provocó esa emoción, esa conexión inmediata. En él vi reflejada la fuerza física y emocional del viaje. Lo encontré en un momento en que yo mismo estaba escapando, sin saber muy bien hacia dónde. Fue una huida que, desde Italia, me llevó a Niza, la ciudad donde murió Chatwin, escapando del fallo positivo, en un tiempo de estigma y miedo a ser señalado. Una ciudad en la que yo aprendí a conocerme mejor y en donde, paradojas de la vida, a pesar del COVID, viví una de mis etapas de mayor crecimiento personal y donde también aprendí a entrenar mi ojo artístico. Algún día espero ir a Corleone, no por Don Vito, sino por Pippo Rizzo.
El gran legado de Chatwin para la narrativa de viajes es reivindicar la libertad y el ego del escritor-viajero, no para repetir lo que los demás ya saben, sino para compartir la experiencia personal con todos sus matices, su azar y sus contradicciones. Porque escribir sobre el mundo implica mirarlo desde la curiosidad y también desde la duda. No se puede ser viajero si uno no se cuestiona, si no acepta vivir con sus contradicciones. Y son precisamente esas contradicciones las que hacen honesta la escritura: cuando dejamos de juzgarnos tanto, también dejamos de juzgar a los lugares y a quienes los habitan.
En el fondo, todo viaje es una forma de no conformarse: de seguir en movimiento, de ver por uno mismo, de estar en el lugar de los hechos.
En mi proyecto de TFM volveré a moverme una vez más. Esta vez hacia una tierra de nómadas, donde comerciantes y poblaciones errantes unieron durante siglos Oriente y Occidente. Siguiendo a mi viajero —otro nómada—, Ali Bey, buscaré esos espacios donde la historia y la ficción se cruzan, y quizá surja un personaje que dialogue conmigo, que sea mi reflejo y que, como Ali Bey en su personaje de príncipe abasí, pueda narrar de manera personal la experiencia de su viaje para todos aquellos lectores coleccionistas de mundos.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
