Café fuerte, historias lentas: entre la divulgación y el algoritmo

Por Miguel Digón

¿Divulgar implica necesariamente vulgarizar? Es una pregunta que siempre conviene hacerse. Aunque, pensándolo bien, lo importante no es tanto la pregunta en sí, sino las respuestas que cada uno debe darse. En los años ochenta, el programa Le Temps des Cathédrales llevó por primera vez la historia a la televisión francesa con una calidad narrativa y visual fuera de lo común. Era un viaje a la Edad Media guiado por mi historiador favorito, Georges Duby, que lograba algo muy difícil: hacer accesible un periodo lleno de sombras sin perder rigor ni profundidad y, además, ganando audiencia. Ese gesto de abrir una época compleja al gran público, sin caer en la trivialización, siempre me ha parecido una lección para quienes intentamos contar lugares con honestidad brutal.

Hoy no estamos entrando en un nuevo milenio como la Europa del año mil, y la televisión es ya un poco la prehistoria, pero sí vivimos los inicios de una revolución cultural en una era digital en la que todo cambia para que nada siga igual. Y ese cambio, no exento de los miedos de un milenarismo contemporáneo, también afecta al periodismo de viajes, que siempre ha tenido algo de darwinista. Sobreviven quienes saben adaptarse, aunque adaptarse no significa convertirse todos en una única especie.

Nos toca aprender a convivir con el algoritmo. El algoritmo nos posiciona, nos muestra, nos abre puertas, y tiene su lado positivo porque nos permite ser más autónomos y hablar directamente a una audiencia que cada vez lee menos. Tal vez por eso los textos transmedia tienen que funcionar como un café expreso, o, mejor aún, como un ristretto doble: concentrado, intenso, con sabor auténtico y no con ese perfume artificial de los cafés de cadena, ahora llamados de especialidad, que cuestan más y huelen más de lo que saben. En el mundo del viaje, el nomadismo encaja bien con la curiosidad insaciable que pide el algoritmo, pero hay que ir con cuidado. A veces, en lugar de ser un buen café, podemos acabar como una cerveza mal tirada, convertidos en espuma: mucha apariencia, nada de fondo. Y, al final, esa espuma, como sube, baja.

Viajar también nos hace encontrar nuestro lugar en el mundo y ayuda a que los viajeros que nos siguen encuentren el suyo. Lo recuerda Adrien Blouët en Comment ne pas devenir écrivain voyageur (2025), publicado por Payot Voyageurs, mi última lectura de inspiración viajera que encontré el otro día por casualidad en una librería de Troyes, mientras buscaba Los trazos de la canción de Chatwin, en francés Le Chant des pistes. Precisamente ahí aparece la cuestión de la diferencia. Para segmentar a mi público, el primero que tiene que ser distinto es uno mismo. Ya no vale cualquier relato: lo que importa ahora es la experiencia vivida, la mirada personal. Y el algoritmo lo sabe: detecta cuándo una marca personal tiene fuerza y cuándo no; cuándo hay emociones reales y cuándo solo hay un intento de declamación sensacionalista y superficial. Por eso también hay que decirle al algoritmo quiénes queremos ser como periodistas de viajes, para que no nos ningunee y no nos condene al ostracismo.

En mi TFM sigo buscando un estilo vivencial que no sea estereotípico, apoyado en el slow storytelling y el slow travel. Me interesa viajar y narrar despacio, incluso si todo alrededor insiste en acelerar. Trato de ser una especie de flâneur digital: alguien que camina con calma aunque la red pida inmediatez y, una vez más, cafés de take away. El café, para mí, se toma en terraza, en taza y con tiempo.

Por eso, en mi trabajo quiero mostrar Al Balad como un espacio de tensión y de cambio, un barrio que vive la expansión turística de un destino emergente como Arabia Saudita sin perder su historia ni su manera de ser. No pretendo ser un contrainfluencer, ni siquiera me lo planteo. Prefiero seguir siendo ese flâneur baudeleriano que observa, que escucha, que encuentra historias en lo que otros pasan por alto, pero ahora dentro de una narrativa digital que me exige explicarme mejor y de forma más clara. Porque divulgar la historia de un barrio en plena transformación turística no significa banalizarlo, sino valorizar lo que tiene de auténtico sin entregarlo por completo a la lógica de la visibilidad inmediata, que más que provocar curiosidad, la aniquila.

En menos de un mes, en mi viaje de investigación, espero poder tomar varios cafés al estilo saudí, recordando que Ali Bey ya decía que el mejor café de Mokka (Yemen) se comerciaba desde el puerto de Yeda. En esos cafés, inspirado por la luz del mar Rojo, pensaré más en la fuerza, en el sabor y en la espuma característica del café, y no tanto en la espuma del algoritmo o el color de lo efímero.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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