Por Ingrid Julve
Vivimos una era en que el periodismo de escaparate está ganando terreno: titulares diseñados para gustar, palabras cómodas e historias domesticadas. Pero en el transcurso del máster, me he ido aferrando a la lucha por la verdad, al periodismo con fundamento, a que no todo debe ser contenido vendible, como bien hemos ido aprendiendo. Hay muchas historias que se oxidan en el olvido, como barcos abandonados en un muelle que nadie pisa. Y en este máster aprendí que mi voz periodística nace ahí: en lo que la sociedad deja relegado. Escribir sobre ello es mi forma de impedir que todo ese material se convierta en chatarra del olvido.
Aprendí como periodista que me gusta lo que siempre me ha gustado. Que no necesito reinventarme ni fingir un interés nuevo para encajar en ningún molde. Mis inquietudes – la memoria, los oficios menospreciados, la dureza de los territorios, las historias perdidas– estaban conmigo desde hace tiempo. Lo que cambió no fue el pensamiento, sino la herramienta para materializarlo. Aprendí a dar forma a mis ideas, a mis pequeñas guerrillas mentales, a mis contradicciones, a lo que concierne a mi alma.
Descubrí que mi voz es irascible, y lo es por razones legítimas: por la experiencia, por las heridas, por las cicatrices que deja la hostelería, por los rostros de quienes trabajan horas interminables sin aplausos ni titulares. Por los oficios que sostienen el ciclo de la vida y aún así son ignorados. Esa voz, hecha de fuego y cansancio, quiere ser escuchada. Quiere contar la verdad sin edulcorantes, sin estética de escaparate, sin maquillaje. Mi periodismo no es “instagrameable”: a veces es amargo como un café solo sin azúcar.
En el proceso me sorprendió que aquello que creía caos podía transformarse en palabras con sentido. Que mis sentimientos podían adquirir estructura, ritmo y forma. Que, con tiempo, esfuerzo y coraje, podía convertir todo ese rugido interior en algo claro, útil, con propósito.

Por eso quiero que mi Trabajo Final de Máster sea práctico. Que funcione. Que no se quede en una pieza bonita para entregar, sino en un documento que sirva como herramienta. No busco la nota ni el título como finalidad única. Curso este máster porque quiero un cambio: personal, profesional y, si es posible, social. Puede sonar ambicioso. Quizá lo es. Nunca me he sentido competitiva, pero sí ambiciono algo real: ambiciono una vida mejor, un oficio que respete, un periodismo que mire el mundo de frente.
Tal vez sea una soñadora empedernida. Pero si no fuera por soñadores no existiría el cambio. Este máster me enseñó que dar voz es asumir una responsabilidad ética. Que cada historia que dejo fuera es una historia que quizá nunca regrese. Y yo no quiero ser cómplice del olvido. Quiero defender lo que está en riesgo, lo que se obvia, lo que desaparece mientras nadie mira.
Miro hacia adelante con cansancio, pero sin rendirme. Sé que vendrán dudas, tropiezos, días en que el texto no fluya. Pero también sé que la voz que he encontrado no se apagará. Que tengo algo que decir y una forma de decirlo. Y, aunque las clases hayan terminado, mi futuro no ha hecho más que comenzar.
Seguiré escribiendo para desobedecer las normas y el silencio.
Seguiré escribiendo sobre todo aquello que merece ser contado.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
