Por Èric Frigola
El periodismo de viajes lleva tiempo reflexionando sobre la tensión entre experiencia y visibilidad en el entorno digital. Esa misma tensión se manifiesta de forma especialmente clara en el periodismo gastronómico, donde lo sensorial, lo contextual y lo efímero condicionan tanto la experiencia como la narración. Y quizá por eso, aunque el debate suele centrarse en destinos y paisajes, me interesa desplazarlo hacia los platos, los productores y los espacios donde se cocina y se come.
Lo comprobé de manera muy nítida en la última Mostra Gastronòmica d’Andorra i Pirineus. En otras ediciones solía disfrutar del evento con calma y trataba siempre de ser de los primeros en llegar. Este año, en cambio, decidí producir contenido para Instagram: llegué más tarde por estar grabando imágenes de los puestos de venta de productos que había por Ordino y ya perdí la opción de degustar algunas propuestas. Me entretuve fotografiando los platillos y como resultado comí menos y más de un plato se me enfrió en la mesa. La sensación fue que el nivel del evento había bajado, puede ser porque se dio acceso a más asistentes y se terminaron las raciones antes. Pero probablemente sea una visión sesgada porque mi atención estaba partida entre vivir y registrar. La sensación fue extraña: estaba allí, pero no del todo.
Ese fue el punto en el que entendí que lo más importante en gastronomía es precisamente lo que no siempre se ve. No se ve en una foto la conversación que no tuve porque estaba grabando. No se ve el aroma que se evaporó mientras buscaba la luz adecuada. No se ve la historia de un plato cuando no hay tiempo para preguntar. Y no se ve la experiencia misma cuando la prioridad es producir una imagen para las redes. Ahí aparece la contradicción central: necesito imágenes para contar lo que hago, pero cuando todo gira alrededor de las imágenes, pierdo lo que necesito para entender lo que hago.
Este conflicto no es exclusivo de la gastronomía, aunque aquí adopta una forma particular. El auge del destino “instagrameable” y del plato “instagrameable” fue simultáneo, alimentado por la misma lógica visual que premia lo espectacular y lo inmediato. Pero en gastronomía esa lógica choca con algo más: la comida es efímera. Un lugar, ya sea un paisaje o un monumento, permanece; un plato se enfría, pierde aroma o textura, o deja de estar en su punto en cuestión de minutos. Y junto a esa fugacidad, chocan también dimensiones que no caben en una imagen: el tiempo de cocción, las técnicas que no se muestran, la conversación con quien produce o la historia de un ingrediente.

Cuando la mirada se subordina al algoritmo, estos elementos se vuelven invisibles. Y sin embargo, son los que permiten distinguir un plato local de una adaptación turística; los que explican por qué una sopa aparentemente sencilla sostiene una tradición; los que revelan tensiones entre productores, cocineros y expectativas del visitante. En mi TFM, centrado en la identidad gastronómica andorrana, esta dimensión invisible es fundamental: sin ella, lo que queda son imágenes bonitas, pero sin profundidad.
Por eso creo que el periodismo gastronómico puede dialogar con el de viajes, pero también cuestionarlo. Si el periodismo de viajes ha tendido a fijarse en lo visible —el paisaje, la arquitectura, el punto panorámico—, el gastronómico obliga a mirar lo que queda fuera del encuadre: el trabajo previo, el gesto repetido, la voz de quienes cocinan y producen, y el tiempo que hace posible un plato. No se trata de renunciar al contenido digital ni de demonizar las redes, sino de asumir que ciertas formas de conocimiento requieren otro ritmo y otra atención.
La cuestión, entonces, no es elegir entre vivir o grabar, sino entender qué se sacrifica cuando la cámara ocupa el centro. Y a partir de ahí, decidir qué tipo de periodismo queremos hacer.
Quizá la clave esté en narrar lo que no siempre es visible —el contexto, las conversaciones, la experiencia que se diluye cuando priorizo la cámara— y el reto del periodismo gastronómico sea recuperar esa mirada incluso cuando no produce likes.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
