Periodismo nómada y algoritmo, ¿Y si lo mejor no se comparte?

Por Blanca Pereda

Hay experiencias que no están hechas para ser compartidas. No porque sean secretas, sino porque su naturaleza es incompatible con la inmediatez de las redes. Algunas ocurren en silencio, otras en la intimidad de quienes celebran algo que desconoce la prisa. Y, sin embargo, hoy parece que todo debe poder mostrarse. Como si una vivencia no existiera del todo hasta que se convierte en contenido. ¿Qué ocurre entonces cuando tu experiencia más valiosa no es “compartible”?

Cuando viajo y consigo verme inmersa en alguna práctica de este tipo, lo que encuentro a menudo es profundidad, historia, personalidad… ese “qué sé yo” que despierta tus sentidos y hace vibrar algo en lo más profundo de tu alma. La sensación de irrealidad, o de una realidad tan intensa que sólo puedes experimentar cuando estás presente. Una especie de latido antiguo que sólo se percibe estando ahí, sin cámaras, sin notas, sin guion. Es curioso, lo más genuino es, casi siempre, lo menos publicable. ¿Cómo compartes en un TikTok de 10 segundos ese hormigueo que te ha llenado de Peta Zetas la columna vertebral? Las redes sociales no entienden de sensaciones. Exigen inmediatez, claridad visual, impacto concentrado en segundos. Te empujan a pensar en el viaje como un producto antes que vivirlo como una experiencia.

Una tradición celta no puede resumirse sin perder sus capas. Un ritual que ha evolucionado durante siglos no se deja atrapar por un algoritmo que mide el éxito en likes. Y, aun así, nos vemos obligados a hacer malabares entre la genuinidad y el clic.

Pienso en esos reels donde ceremonias sagradas se comprimen en 8 segundos con música épica de fondo y acumulan millones de vistas. Poses perfectas frente a templos, atardeceres saturados… Todo editado para el impacto inmediato. Los comentarios que aparecen debajo varían entre “brutal”, “lo necesito” y emojis de fuego. Nadie pregunta qué significa realmente esa ceremonia, quién la practica, por qué existe. Tampoco se explica. El algoritmo ha triunfado; la cultura, no sé.

Llegan las inseguridades. Si no comparto, ¿parecerá que no estoy trabajando? Si lo comparto todo, ¿correré el riesgo de desvirtuar lo vivido? Hoy se camina en una cuerda floja entre la autenticidad y la visibilidad, entre el respeto por la experiencia y la exigencia de mostrarla en un formato que quizá no le pertenece.

SEO, algoritmos… Esto me lleva a reflexionar sobre el rol del periodista en la era digital, sobre si somos mediadores entre culturas o simplemente creadores de un contenido que encaje en moldes ya establecidos, si lo que hacemos es contar historias o sólo generamos piezas diseñadas para sobrevivir al scroll infinito. A veces siento que las redes nos piden una inmediatez que está por encima de la verdad –o, al menos, de toda la verdad.

Si miramos un poco más allá, aún vemos muchas culturas minoritarias que, como una resistencia, mantienen sus tradiciones que han pasado de padres a hijos, de abuelas a nietas. Muchas de las prácticas que observo se han mantenido vivas precisamente por no haber sido expuestas en exceso. Son rituales que funcionan porque pertenecen a quienes los practican, no a quienes buscan visualizaciones. Y ahí surge un dilema ético: ¿hasta qué punto es legítimo convertir una vivencia ajena en contenido “viralizable”? ¿Dónde se dibuja el límite entre documentar y apropiarse?

Mi trabajo académico, que trata temas similares, me recuerda que lo auténtico tiene su propio ritmo. No siempre es compatible con las métricas, ni falta que hace. Y creo que ahí es donde el periodista de viajes tiene que plantarse. En reivindicar el tiempo real de las cosas, el relato profundo, lo que no necesariamente encaja en la parrilla de tendencias.

En reivindicar la pureza de lo real.

Las redes son herramientas prácticas, pero no brújulas. Sería un error rechazarlas, pero tampoco hay que permitir que decidan por nosotros. La visibilidad puede ser útil, pero la autenticidad es lo que permanece cuando el algoritmo cambia. Y en un oficio donde lo esencial sucede fuera de modas efímeras, quizás la experiencia que no se comparte sea, precisamente, la que nos recuerda por qué seguimos viajando.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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