Por Ingrid Julve
Hay semanas en que experimento picos de satisfacción y la certeza de que estoy haciendo lo correcto. Pero también hay otras en que los datos se me atragantan y la pantalla se convierte en una especie de Matrix donde debo descifrar códigos que se mezclan ante mis ojos. Mi bitácora es como recorrer el desierto en un 4×4 remodelado: sabes que se vienen dunas, pero no ves de cuánto será la caída. Siempre hay sorpresas, aunque no se divise nada en el horizonte a primera vista.
Estoy en un punto de TFM en el que el terreno –ese que ya caminé en septiembre, entre las luces doradas del final del verano y el rumor del Adriático– vuelve a desplegarse ante mí. Pero ahora no lo recorro con los pies, sino con palabras. Y convertir esa experiencia en texto se ha vuelto, paradójicamente, un viaje aún más complejo.
El mayor reto está siendo dar forma a un imaginario invisible, narrar los mitos sin que pierdan su toma de tierra. Trabajo con fragmentos, con hipótesis, con intuiciones que no siempre se pueden comprobar. Lo que trato de hacer no es demostrar, sino sugerir; no probar la existencia de un culto, sino reavivar la memoria simbólica que podría haber habitado esos lugares.

A veces me asalta la duda: ¿hasta dónde puedo interpretar sin caer en la invención? ¿Cómo equilibrar la voz de la periodista con la de la narradora? ¿Cómo mantener el rigor sin perder la magia? En medio de todas esas preguntas, me aferro a una certeza: la pasión por saber más sobre las historias que marcaron la conducta de nuestros ancestros. No desde la fe, sino desde la fascinación por lo humano que encierran. Cada mito –cada dios– fue una forma de entender la realidad, de justificar hechos que no se comprenden, de buscar respuestas a lo desconocido, de interpretar la vida, de aferrarse a una idea antes la incertidumbre. Todas esas historias son legado cultural que, aunque haya ido cayendo en el olvido, sigue teniendo eco en el presente.
He tenido que soltar mucho: la idea de control, la obsesión por estructurarlo todo desde el inicio, incluso la necesidad de que cada punto encaje. He entendido que este proyecto no puede construirse a base de certezas, sino de hallazgos entre textos, y que el mapa simbólico de la ruta mitológica de Hvar –ese que intento dibujar entre las capas grecorromanas y eslavas– sólo puede trazarse desde el imaginario colectivo.
Lo que me ha ayudado a avanzar ha sido volver a mis notas de campo, releer las entrevistas con Nela, con Vinko, con los arqueólogos de Stari Grad. Redescubrir el tono con el que escribí aquellas páginas del viaje, sin pretensión de que fueran definitivas. Sobre todo, aceptar que trabajar con lo inmaterial no es algo prohibido.
Allí está la voz que busco: la que incentiva a la curiosidad y al entendimiento de unas historias que ya no se escuchan. Estoy en el proceso de la aceptación. De que no hay respuestas perfectas. Al final, no se trata sólo de una ruta mitológica: es una travesía entre lo visible y lo invisible.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
