Por Blanca Pereda
Hay un punto en cada proyecto en el que la emoción inicial empieza a mutar en una especie de ansiedad que proviene de la incertidumbre. Ese es el punto exacto en el que me encuentro yo. Tengo casi todo mi viaje planeado: los vuelos, las rutas, los lugares donde quiero detenerme… Falta lo más importante, claro: las personas. Ya he identificado a algunas posibles para entrevistar que creo que pueden aportar muchísimo a mi investigación, pero todavía siento que estoy en una especie de encrucijada, como si tuviese el plano de una ciudad cubierto por hilos rojos conectados unos a otros, pero sin saber de cuál empezar a tirar.
Esta semana me he encontrado con un bloqueo que al principio me hubiese parecido imposible: el exceso de información. Hay una canción que me lleva a mi infancia que decía algo así como: «Cuanto más busques, más encontrarás. Cuanto más encuentres, más querrás buscar.» Y el sentimiento es exactamente ese. Paso horas navegando entre artículos, libros, redes, vídeos… buscando una historia que me inspire, una frase que encienda una idea. Pero tiene trampa, y es que me pierdo fácilmente. Empiezo en un punto y termino en otro completamente distinto, como si los hilos rojos del plano se enredasen entre sí y se hubiesen convertido en una maraña de nudos y giros en todas direcciones. Me cuesta encontrar una estructura que ordene todo eso que me ilusiona.
Y es precisamente esa ilusión la que me ha hecho tomar una decisión que —estaba claro— me ha dado un pequeño impulso. Salir de la ciudad que tenía pensada como base y acercarme a otra zona que, aunque algo más remota y de acceso complicado por el clima, promete un material muy rico para mi proyecto, será todo un acierto, y de eso estoy segura. La sola idea de incluir ese lugar me ha devuelto la motivación para organizarme mejor, ya que tendré que condensar algunas actividades que tenía pensadas para la ciudad en menos días.
También he decidido abrir el foco de las entrevistas. En lugar de centrarme sólo en perfiles institucionales, quiero incluir voces más cotidianas. Personas que mantienen una relación viva con aquello que intento comprender. Intuyo que en esas conversaciones encontraré la autenticidad que busco. Para ello, he conseguido algunos contactos que prometen ser muy interesantes —o, cuanto menos, curiosos— tirando del hilo de algunos amigos que aún me quedan en el país.

Lo que más me ha ayudado esta semana ha sido justamente hablar con ellos. Escuchar cómo alguien que vive allí describe su entorno, a sus conocidos o simplemente el clima de estos días, hace que todo cobre vida.
Hace que recuerde cómo era mi vida allí.
Y todas las sensaciones llegan a mí muy vívidas.
Esto me ha recordado algo importante: que este proyecto no es simplemente una investigación en la que aportar datos, sino que se trata de un proceso humano alimentado de historias. De personas. Y que muchas de las respuestas llegarán cuando esté allí, sin esperarlas, con la grabadora apagada y divisando los vastos paisajes neblinosos.
Sin embargo, siento que todavía me cuesta soltar mi idea original. Esa primera chispa sigue guiándome, pero a veces me ata demasiado. Me cuesta permitir que el proyecto se transforme, aunque sé que es necesario.
En eso consiste gran parte del proceso creativo. En aceptar que las ideas son caminos que divergen. Que para avanzar no es necesario tenerlo todo claro, simplemente hay que dar un paso tras otro hasta que ocurra la magia.
Si alguien que esté leyendo esto está en ese mismo punto de inflexión entre el entusiasmo y la duda, bienvenido, sólo puedo decirle que forma parte del viaje. Que lo incierto a veces es la señal de que estamos explorando de verdad.
Mientras tanto, ánimo y a seguir. Nos leemos en el próximo tramo del viaje.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
