Por Samuel Bonastre Martín
Cuando canalizo mi energía en incorporar a la rutina nuevos elementos y tareas, aunque al principio parezca un trabajo hercúleo, con el paso del tiempo me acostumbro, pierdo la perspectiva y dejo de ver cuánto he progresado y cuánto tramo de camino me queda por andar. Esta semana, en la que no tenemos clases activas, es bueno parar, tomar aire y ver lo que realmente llevo a mis espaldas.
A decir verdad, aunque la historia que uso como punto de partida de mi proyecto de fin de Máster sea conocida y fácil de encontrar en internet, es solo un pretexto para ahondar en la historia de la etnia askenazí (la comunidad judía que se asentó a lo largo del Rin) y ver cómo ha adaptado y expandido por Londres un producto de aprovechamiento como es el babka. Ahora mismo me encuentro en un punto en el que he recabado bastante información de varias fuentes y, después de analizarla y leerla muchas veces, la estructura y redacción del que será mi artículo periodístico se ven bien definidas. Tengo claro qué quiero contar y cómo quiero hacerlo y ya va tomando forma poco a poco
Cómo no puede ser de otra forma, al tratarse el babka de un producto familiar y de comunidad, estoy articulando una entrevista con la antigua dueña de una panadería que ofrecía babkas de distintos formatos y sabores adaptados a la estacionalidad y festividades cercanas en el calendario. No puedo decir que tenga muchas dudas, a parte de si he decidido tratar un tema demasiado nicho, pero como ya va siendo cada vez más común en mi vida, hacer, contar e investigar sobre lo que me llena va por encima de los que la gente opine de ello mientras me haga feliz a mí. Sin duda alguna, trabajar al cargo de una sección de pastelería en un club de miembros privado hace de mi una persona equipada con una gran eficacia a la hora de organizarme y adaptarme y me ayuda a encontrar hasta los trayectos de ida y vuelta al trabajo para investigar y ahondar más en mi proyecto.

Pero lo más importante y que marca una gran diferencia para mí, es generar a mi alrededor un ambiente de paz y sentimiento de estar en casa. Por desgracia, Barcelona queda un tanto lejos de Londres, pero el mar y el repicar de las olas en mis oídos los puedo llevar conmigo en mi bolsillo. Son ellas las que me acompañan y mecen mis dedos cuando escribo, cuando me siento algo estancado, y las que me llevan a la orilla de las conclusiones cuando llega el momento.
A veces me sorprendo al mirar atrás y ver todo lo que he construido casi sin darme cuenta, como si el el esfuerzo diario se hubiera ido integrando de manera silenciosa en mi forma de ser. Este proyecto, que surgió del profundo amor por mi profesión, ha ido calando hondo hasta convertirse en una parte íntima de mí. En cada línea que escribo y en cada historia que descubro siento que también me voy redescubriendo un poco más.
He aprendido que investigar, crear y escribir no son solo actos profesionales, sino también ampliamente personales. Son una manera de reconciliar la distancia, de tender puentes entre lugares y afectos. Aunque Londres sea ahora mi escenario y Barcelona solo un recuerdo constante, los llevo a ambos dentro: la calma del mar y el bullicio de la ciudad, la nostalgia y la curiosidad me empujan a seguir explorando.
Al final eso es lo que más me importa: avanzar, aunque el camino se pueda desdibujar por momentos, y mantener viva esa sensación de hogar que, más que un lugar, es una manera de estar en este mundo.
Sosiego y decisión. Dos caras de mí que se complementan para crear, para escribir, para relatar y contar. Soy consciente de todo el camino que tengo por delante, pero las ganas que residen en mi para recorrerlo no se quedan para nada cortas. Siempre avanzando. Siempre insaciables.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
