Por Ingrid Julve
“El mundo se revela a aquellos que toman notas.” — Bruce Chatwin
Hay palabras que no sólo se escuchan , sino que se quedan caminando contigo. Estas palabras de Bruce Chatwin son unas de ellas.
En la masterclass de Isabel López, ella lo definió al detalle, pero lo que más me caló fue cómo lo adjetivó: magnético, capaz de encontrar la belleza en lo cotidiano. Y quizá eso sea lo que más nos falta hoy: detenernos, observar y valorar.
Dice el refrán que la belleza está en los ojos de quien la mira, pero me parece que ahí falta un matiz importante: también está en cómo se muestra a través de la mirada de otras personas. Algo aparentemente feo, cotidiano o normal puede parecer atractivo si sabes cómo contarlo. Y eso, al final, es el oficio de narrar el mundo: transformar la observación en algo significante. No hace falta adornar la realidad, basta con ofrecerle un prisma diferente.
La pasión y admiración hacia Chatwin a través de las palabras de Isabel fueron una emoción contagiosa. Hablaba de él no sólo como un escritor, sino como un revolucionario a su tiempo. Un caminante entre palabras. En un momento dijo: “la metáfora del viaje reside en el corazón de toda narrativa, y Chatwin lo entendió mejor que nadie.” Y creo que es así porque en cada uno de sus viajes había una búsqueda, una manera de interrogarse sobre la vida. Cada desplazamiento era una pregunta lanzada al horizonte, esperando hallar respuesta.

En mi propio camino como periodista –y como persona– , existe una conexión con su mirada irrefutable: la necesidad de los seres humanos en ser nómadas. Soy afín a la creencia de que a las personas nos guía un impulso de conocer, de caminar, de avanzar por lugares que nos aporten sensaciones nuevas y diferentes. De escapar de la rutina, de desprendernos de lo fijo. Ese movimiento, más que una huida, nos lleva a la felicidad.
Viajar no es consumir, es transformarse. No se trata de acumular destinos, sino de permitir que cada experiencia te cambie, te desarme, te aporte. La gran diferencia entre unos nómadas y otros, es entender que una historia no trata de poseerla, sino de merecer ser contada con dignidad.
Cuando trabajo en mi TFM sobre la pesca sostenible, la noción de movimiento adquiere otra dimensión. No camino por desiertos o subo montañas: camino sobre el mar. También tomo notas. Y aunque no lleve media botella de champán y una lata de sardinas en mi mochila, mi kit de supervivencia es biodramina y unas manzanas por si acecha el temporal y el “camino” se trunca. El viaje se vuelve en un ejercicio de paciencia y escucha.
Chatwin, con su cuaderno Moleskine y su curiosidad infinita, es una fuente de inspiración. Nos abre muchos senderos que podríamos seguir. Nos provoca creatividad y nos impulsa a buscar más allá del simple hecho de viajar para coleccionar. A entender que todos tenemos algo que nos intriga y , a la vez, nos llena de ansia. Y que necesitamos encontrar esas respuestas.
Al final, todos los que intentamos narrar el mundo caminamos tras las huellas de alguien, aunque el paisaje haya cambiado.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
