Por Ana Gabriela Quiñones
Madrid era el escenario lógico para esta primera entrevista como periodista de viajes en formación: “conocer de mano de la oficina de turismo local el trabajo de promoción del destino”, era la consigna.
Mi fascinación por esta ciudad va desde su encanto hasta su pluriculturalidad y la forma en que miles de turistas, y residentes, la recorremos cada día. Pero había algo que faltaba en esta idea: emoción y propósito —elementos esenciales para esta autora.
“Vivo en Madrid, pero… No soy de aquí”
Fue la sentencia que condujo esta entrevista a su propósito: un viaje emocional de regreso a mi cuidad natal, aquella que sentía haber abandonado 8 años atrás cuando dejé Venezuela. Pero este acto va más allá del cariño; es un intento por saldar esa deuda, prestándole mi voz a través de estas líneas.

La conexión: Más Valencia
Por una cuestión de coherencia y convicción personal, decidí ir a quienes, por puro amor y una convicción aún mayor, trabajan ante el silencio institucional por mantener viva la Valencia que alguna vez fue del rey y que hoy sucumbe ante una crisis que atraviesa la ética y la vida cotidiana.
Fue Eduardo Monzón, fundador de Más Valencia, organización civil sin fines de lucro que realiza visitas guiadas de interpretación patrimonial y actividades culturales, quien, inmediatamente y sin dudarlo, entendió que ambos queremos lo mismo: dar visibilidad a la ciudad. Me contactó con Rebeca Figueredo, coordinadora del equipo y quien, casualmente —o no—, también está viviendo en Madrid.
Desde el primer momento, la conversación fluyó con la naturalidad que carateriza las charlas de dos valencianas que se encuentran lejos de su ciudad para hablar de ella, como si estuviéramos cumpliendo un pequeño acto de justicia emocional.
Sembrar identidad en tierra herida
“Nosotros construimos identidad”, me dijo Rebeca. Y en su voz no había pretensión, sino fe. Fe en que la identidad es ese hilo invisible que, a través de la emoción, nos conecta con un lugar, aunque no hayamos nacido allí. “Si no tienes sentido de pertenencia —añadió—, eres como una persona prestada”, un personaje de relleno en tu propia ciudad, no un protagonista de su historia. Aunque, también lo que Más Valencia busque sea justamente que te sientas como un turista en tu propia ciudad, tal como manifiesta Rebeca sentirse cuando fotografía una y otra vez la misma calle, buscando una historia diferente que contar.
Más Valencia nació hace seis años como una iniciativa ciudadana, una especie de resistencia cultural. Comenzaron con recorridos pequeños, de veinte personas, caminando por el centro histórico, redescubriendo lo que todos creíamos conocer, con la misión de “derribar un montón de paradigmas negativos sobre este, para lograr que la mayor cantidad de ciudadanos conectara con las raíces históricas y culturales”, en palabras de su fundador. Hoy, esos recorridos llegan a reunir hasta setenta personas, incluso de noche, en museos que les han abierto sus puertas para las visitas guiadas.

Tensiones, contradicciones y esperanza
La falta de apoyo oficial, la inseguridad, la politización de los espacios culturales, la apatía de una población agobiada por la supervivencia diaria: todo eso configura un escenario difícil. Sin embargo, persisten. Más Valencia ha sabido moverse con inteligencia y sensibilidad: estableciendo alianzas con museos, cafés y la propia Dirección de Patrimonio del estado Carabobo, sin renunciar a su independencia. “No podemos trabajar aislados —me dice—. Este espacio también nos pertenece como ciudadanos.”
Frente al olvido y la crisis profunda que vive Venezuela, convocar a la gente a un recorrido cultural, que podría parecer un lujo, es casi un acto heroico y una manera de mantener viva la dignidad. Y allí están: organizando ferias, llenando plazas, abriendo museos por la noche, convocando a vecinos que descubren que su ciudad todavía les pertenece.
“Seguimos luchando contra la apatía”, confiesa. “Pero cuando alguien termina un recorrido y me dice que ahora ve su ciudad diferente, ya valió la pena”. Algunos, incluso, han repetido las mismas rutas solo para volver a sentir esa emoción de descubrir lo propio. “Es que la gente no se cansa”, dice Rebeca, y su sonrisa revela que ese es el verdadero triunfo. No es solo turismo, es un acto de reconciliación.
Valencia —la criolla, no la peninsular— es una ciudad que parece desvanercese junto con la arcilla cruda de sus muros de adobe, pero que insiste en mantenerse de pie. Las fachadas desnudas —que te invitan a conocer sus secretos más profundos— y los templos y museos cerrados a las tres de la tarde, no impiden que Más Valencia siga inventando formas de reencontrarla. “Nuestra historia no es aburrida”, insiste Rebeca. “Por aquí estaba Páez—prócer de la independencia— echándose plomo, y por allá aquellos enamorándose”, cuenta con su característica naturalidad, que convive con la sabiduría de la investigadora y docente, ambas reflejadas en sus actividades, logrando que el mensaje no se imponga, sino que se interprete, se viva.
Una narrativa que sana
Conversar con Rebeca fue conmovedor. Su manera de contar, con pasión y sin quejas, me recordó que la esperanza, esa que yo misma a veces pierdo, también es una forma de resistencia. Entendí que el verdadero poder de un destino no es la imagen perfecta que proyecta al exterior, sino la coherencia de quienes lo sostienen desde adentro: la ciudadanía que se apropia de su propio relato.
Más Valencia ha logrado algo que va más allá del turismo: está devolviendo el orgullo. Sus rutas no solo muestran monumentos, sino emociones. Sus guías —jóvenes, apasionados, incansables— logran que los valencianos vuelvan a sacar el teléfono para fotografiar su plaza Bolívar, sin miedo, con curiosidad, con amor. No venden una postal perfecta; proponen un relato de reconstrucción. Su discurso institucional no omite las grietas: las ilumina, porque en ellas está la verdad de lo que somos, una ciudad que ha perdido mucho, pero que conserva su esencia.
Y mientras existan valencianos que la narren —desde dentro o desde lejos—, Valencia seguirá viva.
Reflexión personal tras la ejecución de la asignación
No fue sino hasta después de mi tutoría con Edgardo que lo entendí: mi perfeccionismo me estaba limitando. No se trataba de entregar un artículo perfectamente estructurado técnica y narrativamente, con el enfoque correcto y las esquinas claramente delimitadas que entregaría una periodista de viajes profesional y con experiencia, porque aún no estoy en ese punto —pero conscientemente creyendo en mi camino a él—, sino de vivir el proceso tal como viviría un viaje: desde su planificación y coordinación —etapa que me genera un estrés fascinante y emocionante—, permitiéndome disfrutar los paisajes —incluso con sus obstáculos e imprevistos— durante el trayecto, hasta las experiencias vividas en el destino, entendiendo que es todo este proceso el que me está dando el aprendizaje que algún día me permitirá catalogarme como esa periodista de viajes profesional que ya creo que seré, pero que ahora está en formación.
Se trataba, sobretodo, de dejar fluir aquello que ya llevo dentro de mí: mi autenticidad, mi naturalidad, esa sensibilidad y emoción que identifican mis narrativas como mías, ese tono honesto y sencillo y a la vez poético que me caracteriza, contando no solo la historia de mi entrevistada, de la organización o del destino, sino la mía propia, las cuales procuro siempre —por deseo y convicción, más que por deber— entrelazar unas con otras, buscando en ello mi propósito y el verdadero tesoro: la conexión con las personas. Y fue esa conexión la que logré con Rebeca, mientras mantuvimos aquella conversación llena de propósito e identidad, esa misma que ambas buscamos construir en nuestra gente. Son estas, en definitiva, las conversaciones valoro y espero mantener a lo largo de esta carrera.
Descubrí, por otra parte, que la investigación, sobre el lugar, la organización, las personas, me traen un disfrute que antes no reconocía —o tal vez no me había permitido experimentar—, porque en ella me encontré descubriendo muchas historias, esas que considero como pilares de toda comunicación; encontré historias apasionantes, otras decepcionantes, pero todas con significado y propósito.


Felicitaciones!!! Un artículo que inspira orgullo de ser valenciana ♥️
Ser Valenciana es un orgullo💜 y más cuando otra Valenciana logra escribir estos textos que te remueven el alma.
Ana, me encantó tu artículo por ser diáfano y claro, sin artificios ni adornos, mesurado y seductor. No sobran ni faltan palabras; con tu lenguaje elegante y poético expresas tu percepción y opinión acerca de ese acto de amor que de forma callada, laboriosa y tenaz realizan por su ciudad los miembros de Más Valencia. Mi agradecimiento y admiración hacia todos ellos. Gracias a ti conozco a las memorables y magníficos valencianos que desarrollan tan maravillosa labor