Entre nubes, saberes y territorio: cómo el Chocó Andino impulsa su gastronomía local desde la institucionalidad

Por Wilson Calle Yépez

A cuarenta minutos de Quito, el camino hacia Nono se abre entre montañas intensamente verdes, nubes que bajan hasta rozar los tejados y destellos de sol que iluminan fragmentos del bosque andino. En este paisaje vivo y siempre cambiante se desarrolla uno de los procesos más interesantes de promoción gastronómica comunitaria e institucional del país: el movimiento del Chocó Andino, una articulación que integra a la prefectura, los GAD parroquiales, colectivos locales, productores, cocineros y gestores culturales que buscan fortalecer el territorio desde sus alimentos, saberes y prácticas ancestrales.

La entrevista con Nulvia Perugachi, administradora gastronómica, chef ecuatoriana y coordinadora de la Red de jóvenes por el Chocó andino y una de las principales impulsoras del festival “Choco Andino donde nace el agua, nace la vida” Nono 2025 en su octava edición, ocurrió en la plaza de la hacienda más antigua de Nono. Un escenario natural imponente, donde el canto de las aves, el viento y la presencia constante de la vegetación marcaron el ritmo de la conversación. Aunque inicialmente se buscó un entorno silencioso, pronto quedó claro que la naturaleza no se detiene, no descansa, su vitalidad forma parte del lenguaje del territorio. Ese ambiente, lejos de ser un obstáculo, reforzó el sentido de autenticidad que caracteriza al Chocó Andino.

La promoción gastronómica en este espacio no se centra únicamente en mostrar platos o recetas, sino en visibilizar una cadena de valores mucho más profunda. Para Nulvia, la cocina es política: desde preparar la tierra, cultivar de manera responsable y cosechar sin agredir el bosque, hasta promover el consumo local y la circulación comunitaria de los productos. Esa mirada integral se refleja en la red que sostiene el festival, donde participan instituciones públicas que brindan apoyo logístico y de difusión, pero también organizaciones y colectivos que garantizan que el evento conserve su esencia comunitaria, ecológica y libre de tintes partidistas políticos.

Uno de los pilares de esta promoción es la valorización de los productos nativos y las prácticas culinarias ancestrales. En cada edición del festival, cocineros y productores presentan plantas, semillas y frutos del territorio, muchos de ellos desconocidos en los mercados convencionales y los reinterpretan con técnicas contemporáneas sin perder sus características tradicionales. Esta mezcla de innovación y raíz cultural no solo atrae visitantes, sino que genera una narrativa sólida sobre la identidad del Chocó Andino como territorio mega biodiverso.

Las instituciones han entendido que la gastronomía es un eje estratégico para dinamizar la economía local. La prefectura y los GAD parroquiales colaboran con la logística, facilitan espacios y acompañan procesos educativos con niños, jóvenes y adultos mayores. La intención no es solo exhibir productos locales, sino transformar mentalidades: enseñar a las nuevas generaciones la importancia de la conservación ambiental, del cero desperdicio y del uso responsable de los recursos. La adopción de prácticas libres de plásticos de un solo uso se ha convertido en un sello distintivo del festival, reforzando su coherencia con los objetivos ambientales del territorio.

La itinerancia del festival, que recorre diferentes pueblos del Chocó Andino, es otra estrategia institucional clave. Esta movilidad asegura que todos los sectores del territorio sean visibilizados y que la gastronomía local circule, se comparta y se fortalezca sin concentrarse en un solo punto. Cada comunidad aporta su carácter, sus ingredientes propios y sus historias, lo que permite construir una narrativa colectiva sólida, diversa y profundamente vinculada al paisaje.

Durante la entrevista, Nulvia destacó la articulación entre instituciones, colectivos y habitantes como el motor fundamental para mantener vivo este proceso. Los cocineros no trabajan aislados: colaboran con agricultores, artesanos, educadores ambientales y líderes comunitarios. Esta red permite que la gastronomía sea un vehículo para promover valores culturales, ambientales y sociales que trascienden el acto de comer.

El rol del periodismo gastronómico en este contexto se vuelve crucial. Contar estas historias implica no solo registrar recetas, sino visibilizar luchas territoriales, prácticas sostenibles y movimientos comunitarios que defienden la identidad frente a la homogenización global. Desde esta perspectiva, cubrir el festival del Chocó Andino no es simplemente un ejercicio narrativo, sino una responsabilidad ética: la de comunicar con respeto, rigor y sensibilidad los procesos que las comunidades construyen día a día.

La experiencia de grabar en medio de la naturaleza, con cambios de luz, variaciones de sonido y limitaciones técnicas debidas a la falta de señal telefónica, se convirtió en una metáfora del propio territorio: dinámico, demandante, desafiante, pero profundamente auténtico. La institucionalidad puede dar soporte, pero son las personas, como Nulvia y su equipo, quienes sostienen la visión y mantienen viva la esencia del festival.

El Chocó Andino ha demostrado que la gastronomía local no se promociona solo con eventos, sino con procesos. Con narrativas, con educación, con comunidad. Y que, cuando las instituciones acompañan sin apropiarse, la identidad florece con fuerza.

Reflexión personal

Lo más difícil de esta experiencia fue lidiar con las condiciones técnicas del entorno natural. Aunque buscaba un espacio silencioso y estable, la naturaleza se impuso con su propia dinámica: variaciones de sonido, cambios de iluminación y la llegada inesperada de estudiantes al lugar. Esto me hizo entender que grabar en exteriores requiere planificación adicional, flexibilidad y una mentalidad abierta para adaptarme a lo imprevisto. También fue un reto coordinar la entrevista en una zona con casi nula señal telefónica, lo que me obligó a depender del acuerdo previo y de la puntualidad, algo que, aunque sencillo, genera incertidumbre cuando se está acostumbrado a la comunicación inmediata.

Durante el proceso me sentí profundamente motivado y conectado con el territorio. Escuchar a Nulvia, con su elocuencia y su visión tan completa, me inspiró a seguir explorando el periodismo gastronómico desde una perspectiva más humana y territorial. Me sentí agradecido por la apertura, la calidez y la profesionalidad con la que fui recibido. También experimenté una especie de orgullo interno al ver que mis ideas sobre gastronomía, turismo y conservación ambiental coincidían con lo que el festival promueve. La naturaleza, el frío del páramo mezclado con el sol radiante y los aromas del bosque me hicieron sentir que estaba en el lugar correcto, haciendo exactamente lo que quiero hacer.

El aprendizaje más valioso que me dejo esta actividad es la importancia de contar historias con autenticidad. Confirmé que me apasiona crear contenido, grabar, editar, trabajar el color y narrar procesos reales. Entendí que el periodismo gastronómico va más allá de hablar de comida: es una herramienta para visibilizar identidades, luchas y territorios. Este ejercicio me permitió perder miedo, acercarme más al periodismo real y reconocer que cada cobertura es una oportunidad para crecer profesional y personalmente.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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