Por Miguel Digón
Dicen que en Santiago de Compostela la lluvia es arte, pero aquella mañana de enero yo ya no veía arte en nada. En una ciudad que llevaba semanas igual, en la cafetería La Planta pensé en irme y abandonar el Máster en Turismo Urbano y Gestión de Empresas Turísticas (MTUGET). No superaba la humillación a la que Laura y yo fuimos sometidos por una pseudoprofesora de finanzas. Ella me decía que no me fuera, que no devolviera el dinero de la beca Mocidade Exterior, que no me fuera de Galicia, que esperara. Yo quería seguir mi impulso.
Nos quedaban unas cuantas jornadas más de memorística asfixiante para aprobar exámenes tipo test, y Laura me dijo de ir a la biblioteca de la Facultad de Historia. Allí, la conexión con el pasado y con mi etapa más feliz como estudiante de Historia. Desde Navidad venía pensándolo, como esas cosas que piensas pero sabes que son parte de tu destino. Yo lo que quería era escribir, hacer storytelling turístico, pero acabé en un reciclado de ADE con etiquetas de turismo. Lo veía y pensaba que otro máster, si no sales de uno, meterte en otro, y a tu edad, con una colección de títulos que cada vez se devalúan más, era demasiada carga, aunque la carga económica se podía financiar.
Necesitaba superar el amago de ataque de ansiedad de la tarde anterior, así que decidí escribir la carta de motivos como terapia. Mandé la carta, hice la entrevista y, cuando me aceptaron, dudé porque se me hacía abarcar demasiado. Además, había apostado por esa beca y había renunciado a mi trabajo en la universidad en Francia, donde no quise renovar. Me matriculé, y así empezó la historia de lo que Laura y yo empezamos a llamar máster amante, era el máster secreto y pasional que nadie sabía y con el que estaba siendo infiel por horas al MTUGET.
Del matrimonio roto, el insípido MTUGET, me iba a la biblioteca de Económicas a las siete para conectarme, y ahí empecé a sentir que esto era lo mío, ese gusanillo de los amores más furtivos. Dudé entre El Cairo y Yeddah, apareció de nuevo un viajero que me había seducido hace muchos años, Alí Bey, y decidí ir a Arabia.

Entre febrero y marzo me fue bien con la adrenalina amante, pero llegó mayo y vi que mi viaje a Galicia fue un fracaso. No sé si escapé o huí, aunque parece lo mismo no lo es. Yo creo que escapé, y que hice bien, porque se escapa del peligro a creer que uno puede ser un fracasado.
En mayo me fui a Barcelona, y ahí llegaron las clases de Narrativa de viajes con Jordi Canal Soler. Ahí supe que estaba donde tenía que estar. En julio, un mes de encierro con un TFM del MTUGET que no sirvió para nada, porque ni el tutor lo leyó aunque el tribunal me felicitó. Yo quería terminar solo para poder hacer mi trabajo de narrativa de viajes. Escoger Yeddah y Alí Bey para la asignatura de narrativa de viajes me permitió poner orden en mi cabeza, y de nuevo acepté volver a Francia para dar clase, pero con la frialdad de verlo como un trabajo para mi seguridad financiera y laboral, sin dejar de pensar en Barcelona.
Pasé el verano en Sitges, de tardes en Balmins, sereno y agradecido, y ya con cuarenta años, más maduro, creo. Me fui a Reims y viví un mes de septiembre nómada, pero con el propósito claro y con mi proyecto sobre Al-Balad y esa fascinación que siempre tuve por comprender los tejidos urbanos y los barrios antiguos y cómo no son estáticos. Es raro, porque yo nací en el campo, pero siempre fui de barrio.
En este proyecto, además de hacer un viaje que hace tiempo que quiero hacer, quiero mostrar cómo es este barrio que es el corazón de la ciudad, valorizar su autenticidad y ver cómo está viviendo este proceso de turistificación y reconstrucción para el turismo.
Y ya casi por irme a Arabia Saudita, en medio de tanta mudanza, en este año de dos másteres y un nuevo camino, el de ser escritor de viajes, aprendí, sobre todo, algo que se me estaba olvidando, hacer lo que quiero yo, emocionarme cuando lo hago. Y eso es lo que quiero compartir, esas emociones, con mis lectores.
Y espero como Alí Bey seguir los viajes por esta región tan estereotipada y tan desconocida. Espero esta primavera visitar El Cairo, que como lo definió Alex, mi socio de flanêur barcelonés, es la Nueva York del mundo árabe por lo caótica y vibrante.
Este solo será uno de los tantos viajes como escritor de viajes. Pero Al-Balad será el primer viaje de viajes.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
