Por Blanca Pereda
El máster acaba y, si soy sincera, siento que llegué buscándome un poco. Tenía la sensación de que aprendería a escribir mejor, a estructurar un reportaje, a no perderme entre el caos de mis notas y a ser capaz de darle forma a aquello que sentía al viajar. Pero lo que encontré fue mucho más allá. Encontré una forma distinta de mirar. Más crítica y, a la vez, menos juiciosa. También encontré un pulso interno que, dentro de mí, sabía que tenía, pero andaba dormido.
Durante estos meses descubrí que ser viajera y periodista son dos personalidades distintas, pero que pueden ir de la mano. Soy la viajera impulsiva, pero la periodista observadora; la viajera disfrutona, pero la periodista atenta. Y estas dos personalidades no luchan entre ellas, sino que se dan la mano. Y, para mi sorpresa, eso no me hace menos periodista. Me hace la periodista que soy. Esa fue la primera revelación.
Me sorprendió cómo cambia todo cuando te das permiso para contar un viaje con los cinco sentidos, sin impostura ni obligación de sonar «profesional» a cada línea. En mitad de un viaje a Oporto dejé de pensar y cerré los ojos. Escuché. Olí. Sentí el viento. Cuando después me puse a escribir, el texto cobraba vida. Ahí entendí que mi voz es más poética, más emocional, y que eso no es un problema aunque hablemos de periodismo; escribo mejor cuando no oculto el latido. Algunas historias solo se pueden contar así.

El proceso del trabajo final me puso frente a mis límites. A la presión, al miedo a no estar a la altura y al terror de la página en blanco. Tuve una idea, pero acabé por descartarla y cambiar de tema. El definitivo nació de una conversación inesperada. Supe entonces que esa era mi historia, aunque seguiría transformándose. Sé también que se transformará gracias a las entrevistas que haré y a las experiencias que viviré en mi viaje, atenta, pero permitiéndome bajar la guardia, porque ahí es cuando ocurre la magia.
Mi trabajo final, más allá de una nota, quiero que tenga verdad. No la verdad absoluta (¿existe eso?), sino la mía. Me gustaría ver cómo la mirada se me ha ido afinando, reconocer que estoy aprendiendo mientras escribo. Una vez dije (y luego lo repetí hasta la saciedad) que si lo que yo escribía conseguía removerle algo a alguien, aunque fuese por un segundo, mi trabajo era el mejor del mundo. Pues creo que con el periodismo esto cobra todavía más sentido. Si con lo que cuente en mi proyecto consigo que alguien sienta, qué sé yo, emoción, empatía, ganas de salir y recorrer el mundo… entonces mi trabajo habrá cumplido su función.
¿Y ahora qué? La verdad es que no lo sé, pero no me asusta. Quiero seguir escribiendo como lo he hecho toda la vida, como he aprendido a hacerlo ahora. Como si estuviera hablando con alguien que me importa. Quiero viajar sin prisa, escuchar sin miedo, contar sin adornos innecesarios, sin perder mi voz. Quiero historias que me toquen antes de que yo las toque a ellas. Escribo para darle forma a mis sentimientos, a lo que me emociona. Ahora, también viajo para encontrarlo.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
