Por Èric Frigola
Esta semana no hubo grandes avances visibles, pero sí una sensación de reencuentro. Durante un tiempo sentía que mi proyecto se había quedado suspendido en el aire: los primeros intentos de contacto con posibles entrevistados no terminaron de cuajar, y cada vez me costaba más encontrar el momento para retomarlo. Sin embargo, en lugar de forzar el movimiento, opté por detenerme y mirar con calma lo que ya tenía entre manos.
En el primer post de esta serie de ejercicios formulé una pregunta que sigue resonando, aunque ahora la entiendo de otra manera:
¿Qué sinergias y barreras existen entre productores locales y restauradores que apuestan por producto autóctono en Andorra, y cómo podrían las estrategias de marketing sostenible contribuir a fortalecer su trabajo y visibilidad?
En su momento la escribí casi como una intuición; ahora empieza a convertirse en una brújula. Con el paso de las semanas me he dado cuenta de que, más que cambiar de tema, lo que necesitaba era mirar el mismo tema con más profundidad.
No ha sido un tiempo vacío. Aunque no he hecho entrevistas todavía, he seguido explorando el contexto desde otros lugares. He visitado ferias de productores, he leído un libro en el que se entrevista a algunos de los cocineros más representativos del país —lo que me ha permitido conocer mejor sus trayectorias y discursos—, y también he revisado el estudio sobre gastronomía que realizaron en el Centre de Recerca i Estudis Sociològics.
Todo esto me ha ayudado a entender mejor qué actores conforman el panorama actual y cuáles podrían ser voces valiosas para mi investigación. En paralelo, he ido trazando un pequeño mapa de posibles voces para el proyecto. No he llegado aún a concretar entrevistas, pero sí a identificar perfiles que podrían ofrecer miradas complementarias: una productora que preside la asociación del sector, un cocinero veterano que ha reinterpretado la tradición desde una mirada foránea, un joven chef comprometido con los productores locales, y algún representante institucional que pueda aportar una visión de conjunto. Incluso he considerado incluir a quienes han vivido la dificultad de sostener un proyecto basado en el producto local. Este ejercicio me ha ayudado a visualizar mejor el ecosistema gastronómico andorrano y a entender qué tipo de testimonios podrían enriquecer la investigación.

Ha sido una etapa más reflexiva que práctica, una especie de “preproducción” del trabajo de campo. Y creo que era necesaria. Sentía que antes de enviar correos o concretar citas, debía tener más claro el alcance real de mi pregunta, y sobre todo, qué podía descubrir a través de cada conversación. Ahora empiezo a ver el proyecto con mayor coherencia. No como una suma de tareas pendientes, sino como un proceso en el que cada paso tiene su momento. Sé que el siguiente será pedir una tutoría para contrastar este enfoque y organizar las primeras entrevistas con una estrategia más clara.
Me ha costado aceptar que este ritmo pausado también forma parte de investigar. Que hay etapas de observación, de maduración, de volver sobre las ideas hasta que encajan. Pero esta pausa me ha permitido reconectar con el sentido inicial del proyecto: comprender cómo se teje la gastronomía andorrana a través de las relaciones humanas que la sostienen.
Quizá no tengo todavía resultados tangibles, pero sí la sensación de haber recuperado el hilo. Y eso, en este punto, me parece un avance. A veces no se trata de correr, sino de encontrar de nuevo el paso adecuado.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
