Periodismo gastronómico: Sin clases, sin excusas

Por Kimberly Dominguez Medina

Contestando la idea principal de este escrito, puedo resumirlo en que me encuentro en una etapa de incertidumbre. Esa etapa a la que, entiendo, todos llegamos en algún momento: cuando comenzamos a cuestionarnos si realmente vamos por el camino correcto, si lo que hacemos es suficiente y si, en efecto, lograremos lo que tanto anhelamos.

Me pasa constantemente. Cuando pienso que tengo un buen producto y lo presento, resulta que no lo es del todo. No solo me ha ocurrido aquí, en las tareas del máster, sino también en mi vida profesional. Cada vez que envío un escrito o un comunicado, siempre hay algo que corregir. El texto nunca termina de satisfacer por completo. Y confieso que es la primera vez que me sucede de esta manera. Durante mis estudios universitarios, siempre fui la estudiante que se destacaba en la escritura. Era, incluso, algo que me definía. De
manera jocosa, le digo a mis familiares que tal vez “perdí el toque”.


Pero la realidad es más compleja que eso. No soy una persona que rechace las críticas; al contrario, las valoro profundamente. Las considero necesarias para crecer, para evolucionar y sobre todo para pulir el oficio. Sin embargo, también reconozco que dentro de mí existe un deseo constante de llegar a ese punto donde todo esté bien, donde no haya correcciones, donde el trabajo se sienta completo. Y ese momento, simplemente, no termina de llegar.

Precisamente pensaba en esto el fin de semana pasado, mientras cubría un evento de coctelería. Durante una entrevista con el director ejecutivo de Rums of Puerto Rico, Carlos Herrero, le hice una pregunta que no tenía que ver conmigo como profesional, sino con la gestión de la organización. Sin embargo, su respuesta se quedó conmigo: “Siempre hay espacio para mejorar, nunca nada será perfecto”.

Esa frase retumbó profundamente en mí. Porque, aunque lo entiendo de forma racional, emocionalmente me cuesta aceptarlo. Soy una persona que busca destacar, hacerlo bien, que su familia se sienta orgullosa, que quiere salir adelante junto a sus hijos y cumplir sus metas. Soy, sin duda, mi crítica más dura. Y solo pensar en fallar me duele.

Tengo miedo. Dudo muchas veces si realmente será posible eso que tanto anhelo: vivir del periodismo gastronómico. En el proceso de entrevistas para mi producto final, han sido muchas las puertas que se han cerrado. Silencios, rechazos, oportunidades que no se concretan. Pero también han habido puertas abiertas, personas que dicen que sí, espacios que me permiten avanzar. Es en esas oportunidades donde decido sostenerme.

Hoy estoy en un proceso de afinar y confiar. Con incertidumbre, sí, pero también con determinación. Intentando corregir, aprender y aplicar cada consejo que he recibido durante este año. Integrando conceptos, métodos y herramientas para que el producto final no solo sea publicable, sino que refleje el trabajo real, el esfuerzo de campo, las entrevistas, las horas invertidas.

Sé que este momento —de concentración, de corrección, de exigencia interna— es solo una etapa. Que vendrán muchos más textos por revisar, muchos errores por cometer. Pero también espero que lleguen los logros, las oportunidades y la estabilidad. Porque, al final, eso es lo que busco: vivir de lo que me apasiona y poder sostener a mi familia desde un lugar donde mamá también sea feliz.

Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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