Por Kimberly Domínguez Medina
Este máster me ha brindado el privilegio de aprender de muy buenos profesores. Aunque la mayoría de ellos no me conoce personalmente, yo sí he tenido la oportunidad de conocerlos a través de sus clases. Por distintas circunstancias, gran parte del programa la cursé de manera atrasada, viendo las clases grabadas. Es un beneficio valioso que ofrece el campus y del cual estoy profundamente agradecida. Sin embargo, debo admitir que esa conexión que se genera en una clase en vivo es incomparable.
Por eso, al pensar en una experiencia significativa dentro del máster, inevitablemente regreso a una de las pocas clases que pude tomar en vivo: la segunda sesión del profesor Jaume Marín. En aquella clase, el profesor nos hablaba sobre la percepción que construimos de distintos países a partir de lo que consumimos en la prensa. Recuerdo una dinámica en particular que, entre risas y cierta incomodidad, nos llevó a decir lo primero que nos venía a la mente al escuchar el nombre de diferentes países.
El ejercicio avanzaba con relativa ligereza hasta que el profesor mencionó Irak. En ese momento, muchos intentaban esquivar respuestas directas, buscando no caer en estigmas. Fue entonces cuando me preguntó directamente algo como: “Kimberly, ¿En qué piensas cuando te digo Irak?”. Recuerdo haber sentido miedo de ser juzgada, pero decidí responder con honestidad: “guerra”. El profesor, lejos de cuestionarlo, respondió: “Eso es. Eso era lo que estaba buscando: lo simple, con sinceridad”, y sonrió.
Ese momento, aunque breve, marcó profundamente mi forma de ver el periodismo y mi desarrollo como profesional. Me enseñó que la sinceridad, la genuinidad y la honestidad son fundamentales, no solo en el ejercicio periodístico, sino en la vida misma. Siempre desde el respeto, sin intención de ofender, pero sin dejar de ser uno mismo.

Durante la formación universitaria, a los periodistas se nos enseña a ser imparciales, objetivos y a no convertirnos en protagonistas de la historia. Esa ha sido la base de mi práctica profesional. Sin embargo, con el tiempo he comprendido que, aunque no seamos el centro de la noticia, quiénes somos sí influye en cómo miramos el mundo. Nuestra historia, nuestras preguntas y nuestros intereses inevitablemente moldean el tipo de periodismo que hacemos.
En mi caso, esa conexión entre identidad y profesión se hace evidente en mi trabajo de fin de máster. La decisión de investigar sobre las cocinas extranjeras en Puerto Rico no surge al azar, sino como una extensión de mi propia historia. Provengo de una familia migrante de la República Dominicana que llegó a la isla en busca de un mejor porvenir, con la intención inicial de regresar, pero que finalmente decidió quedarse. Crecí en un entorno marcado por la resiliencia, especialmente de mujeres que, con determinación, construyeron un camino en lo que hoy consideran su segunda casa.
Esa experiencia personal me ha permitido entender la migración no sólo como un fenómeno social, sino como una vivencia profundamente humana que también se refleja en la comida, en los sabores y en las tradiciones que se transforman al cruzar fronteras.
Finalmente, este máster no solo me ha brindado herramientas académicas, sino también espacios de reflexión que han reforzado mi identidad como periodista. He aprendido que la objetividad no está reñida con la autenticidad y que reconocer quién soy no debilita mi trabajo, sino que lo fortalece. Hoy entiendo que mi voz, mi historia y mi mirada son parte esencial de lo que construyó como profesional, y que es precisamente en esa intersección entre lo personal y lo periodístico donde se encuentra el valor de mi trabajo.
Este artículo forma parte de las prácticas realizadas por los alumnos del Máster en Periodismo de Viajes y Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.
