Cómo planifiqué una sesión de fotografía de producto para Whisky Bellos

Estoy sentada en el suelo del estudio, sobre una alfombra prestada, con las piernas extendidas junto a una botella de whisky. La cámara está suspendida sobre mí en un trípode de tipo jirafa. Fuera del encuadre, el ordenador portátil me permite disparar sin levantarme de la escena.

Mientras terminamos de colocar los objetos, suena Guitarricadelafuente.

No hay una fiesta. Tampoco una discoteca, un grupo de amigos o una localización nocturna. Solo estamos Carlos Quevedo y yo, rodeados de botellas, zapatos, discos, cristalería y varios escenarios que hemos construido dentro de nuestro estudio.

Ese era precisamente el reto.

No teníamos una discoteca, una fiesta ni un grupo de modelos. Teníamos un estudio, diez bocetos y la obligación de conseguir que todo lo que quedaba fuera del encuadre pareciera existir.

En este caso real explico cómo planifiqué una sesión de fotografía de producto desde las primeras conversaciones con la marca hasta la construcción de los escenarios, la iluminación, el shooting y la edición final.

El encargo: fotografiar un whisky joven sin restarle valor

La campaña de Whisky Bellos se realizó en septiembre de 2024. La propia marca encontró mi trabajo a través de Internet y se puso en contacto conmigo para preparar el lanzamiento visual del producto.

No había un briefing formal. El proyecto se fue definiendo mediante varias conversaciones y algunas fotografías de referencia que el cliente había localizado en Pinterest.

La idea inicial parecía sencilla: crear una serie de fotografías de marca y lifestyle para la web y las redes sociales. Sin embargo, el posicionamiento del producto planteaba una contradicción interesante.

Bellos quería acercar el whisky a un público más joven de lo habitual. Buscaban imágenes frescas, desenfadadas y relacionadas con una noche de fiesta. Al mismo tiempo, se trataba de un whisky de precio elevado, dirigido a consumidores con cierto nivel adquisitivo.

La campaña debía ser joven, pero no barata. Glamurosa, pero no solemne. Desenfadada, pero sin convertir el producto en algo banal.

Esas contradicciones no dificultan necesariamente un proyecto. A veces son lo que le da una dirección.

Mi trabajo consistía en encontrar el punto en el que todos esos conceptos podían convivir dentro de una misma imagen.

fotografía detalle de una botella de whisky

Cómo planificar una sesión de fotografía de producto sin un briefing formal

Una conversación llena de adjetivos todavía no es una fotografía.

Palabras como joven, glamuroso, canalla o desenfadado pueden significar cosas muy diferentes para cada persona. Antes de empezar a producir, necesitaba traducirlas a decisiones que pudiéramos ver y aprobar.

Tuve que ordenar la información y concretar tres aspectos fundamentales:

  • Cuántas fotografías necesitaba el cliente.
  • Dónde se iban a utilizar.
  • Qué materiales y elementos de atrezzo serían necesarios para construirlas.

Aunque no elaboramos un contrabriefing formal con ese nombre, el proceso cumplió exactamente esa función: devolver al cliente una interpretación visual de lo que habíamos hablado y comprobar que ambos imaginábamos la misma campaña.

Este paso puede parecer administrativo, pero es profundamente creativo.

Si una fotógrafa y un cliente entienden de forma distinta palabras como elegancia o fiesta, el problema no aparecerá al principio. Aparecerá cuando las fotografías ya estén hechas.

El moodboard para una sesión de fotografía de producto

El cliente me facilitó algunas referencias visuales y, a partir de ellas, preparé un moodboard con la atmósfera, los colores, las texturas y el tipo de escenas que proponía para Bellos.

No quería copiar aquellas imágenes. Un moodboard no debería utilizarse como un catálogo del que elegimos una fotografía para reproducirla.

Su función era otra: construir un lenguaje compartido.

La selección reunía interiores, moda, cristalería, manos, ambientes nocturnos y escenas aparentemente espontáneas. También definía una paleta dominada por tonos burdeos, dorados, ámbar y verdes profundos.

El cliente aprobó el moodboard sin cambios. Eso nos permitió avanzar sabiendo que la dirección visual estaba clara antes de comprar, pedir prestado o montar ningún elemento.

Moodboard de la campaña de Whisky Bellos con la dirección visual de la sesión y sus tres bloques fotográficos
Representación del moodboard de la campaña de Whisky Bellos, utilizada para sintetizar la dirección visual de la sesión.

El moodboard no decide la fotografía final, pero evita que cada persona imagine una campaña diferente.

Dibujar antes de disparar

Antes de montar los escenarios preparé diez bocetos.

Estudié Bellas Artes y el dibujo forma parte de mi manera de pensar una imagen. No necesito que el boceto sea una ilustración perfecta. Lo utilizo para ordenar la composición, prever la posición del producto y entender qué elementos serán necesarios para que la escena funcione.

En este proyecto tenía prácticamente todas las fotografías dibujadas antes de hacerlas.

Los bocetos me ayudaron a decidir:

  • En qué lugar aparecería la botella.
  • Cuándo necesitábamos manos, piernas o parte de un cuerpo.
  • Qué escenas serían cenitales.
  • Qué objetos debía contener cada encuadre.
  • Cuánto espacio necesitaba alrededor del producto.
  • Cómo relacionar unas imágenes con otras.

También fueron importantes para calcular la producción. Una composición puede parecer sencilla hasta que empiezas a enumerar todo lo que necesita: una superficie determinada, un textil, una copa concreta, una prenda, una alfombra o un tipo de mesa.

En este caso realizamos las diez escenas previstas. La planificación no era una referencia vaga: era el mapa de la sesión.

bocetos sesión fotografía de producto
Recreación de los bocetos frente a las fotos finales de la campaña de Whisky Bellos

Cómo elegir el atrezzo para una sesión de fotografía de producto

Encontrar el atrezzo adecuado fue una de las partes más complicadas.
Compré unas cortinas de terciopelo por Internet. Nos prestaron una alfombra y también una mesa para la ocasión. A eso se sumaron discos, zapatos, cartas, cristalería tallada, velas, detalles dorados, ropa, comida y otros pequeños objetos.

Todos debían funcionar por dos motivos.

El primero era estético. Los materiales, los colores y las texturas tenían que pertenecer al mismo universo visual.

El segundo era narrativo.

Los objetos debían ayudar a imaginar lo que estaba ocurriendo fuera del encuadre: una cena que se ha alargado, una fiesta doméstica, una noche algo desordenada, personas que han comido, bebido, jugado a las cartas, escuchado música y dejado sus cosas sobre la mesa.

La lencería, los zapatos o los espaguetis no estaban allí únicamente porque combinaran con el terciopelo o el color del whisky. Construían una situación.

El atrezzo funciona cuando deja de parecer decoración y empieza a ofrecer información.

Una copa servida indica que alguien acaba de estar allí. Una botella inclinada sugiere un gesto anterior. Un plato a medio terminar habla de tiempo, de uso y de presencia. Las cartas, la ropa y los discos añaden juventud y cierto desorden, mientras que el mármol, el cristal, el terciopelo y los detalles dorados mantienen la sensación de glamour y nivel adquisitivo.

Cada objeto ayudaba a hacer visible una fiesta que, en realidad, nunca estuvo en el estudio.

Contar una fiesta mediante planos cortos

Recrear literalmente una discoteca habría implicado alquilar una localización, contar con varios modelos y realizar una producción mucho mayor.

Decidimos trabajar de otra manera.

En lugar de mostrar toda la fiesta, mostraríamos fragmentos: unas piernas sobre una alfombra, unas manos sirviendo whisky, una mesa después de una cena, una botella junto a objetos personales o un cuerpo parcialmente visible sobre una cama.

Los planos cerrados nos permitían controlar todo lo que aparecía en la imagen y, al mismo tiempo, dejar espacio para la imaginación.

No vemos cuántas personas hay en la habitación. No sabemos exactamente dónde están. Ni siquiera podemos asegurar en qué momento de la noche nos encontramos.

Pero los indicios son suficientes.

Ahí empezó uno de los aprendizajes más importantes de la campaña: una historia no necesita aparecer completa dentro del encuadre. Puede construirse mediante fragmentos cuidadosamente elegidos.

La fotografía no siempre tiene que enseñar un espacio. A veces basta con conseguir que el espectador lo imagine.

fotografías de una campaña para una marca de bebidas

Por qué elegí un flash directo y lateral

La iluminación para fotografía de producto debía mantener esa misma intención narrativa.

Utilizamos un flash separado de la cámara, directo y sin difusor. No estaba colocado frontalmente sobre ella, sino desplazado hacia un lateral para crear volumen y evitar que los objetos se vieran planos.

Normalmente no sitúo el flash junto a la cámara cuando fotografío producto. Una luz lateral ayuda a modelar la botella, revelar sus relieves y separar sus formas del fondo.

En esta sesión, además, la dureza del flash cumplía una función narrativa.

Buscábamos un efecto cercano al destello de una cámara durante una fiesta: sombras visibles, contrastes fuertes, brillos intensos y una luz con una presencia evidente. No queríamos que pareciera una iluminación natural ni completamente envolvente.

El flash no debía pasar desapercibido. Tenía que formar parte de la estética.

Eso no significa que pudiéramos colocarlo y empezar a disparar. Las botellas y la cristalería son superficies especialmente exigentes. Reflejan la fuente de luz, el estudio, los objetos que tienen delante y, a veces, incluso a las personas que trabajan alrededor.

Tuvimos que hacer muchas pruebas para encontrar el equilibrio entre varios objetivos:

  • Mantener la etiqueta legible.
  • Dar volumen a la botella.
  • Controlar los reflejos del vidrio.
  • Evitar brillos que ocultaran información.
  • Conservar las sombras y los contrastes buscados.
  • Mantener una iluminación coherente en toda la serie.

Utilizamos también un reflector para recuperar parte de la información de las zonas más oscuras sin eliminar el carácter de la luz principal.

La cámara estaba conectada al portátil. Trabajar en tethering nos permitía revisar las imágenes en una pantalla grande y detectar problemas que pueden pasar desapercibidos en el visor: una etiqueta ligeramente girada, un reflejo demasiado intenso o una sombra que invade una zona importante.

La cámara era una Canon 5D. En fotografía de producto suelo trabajar con un objetivo de 100 mm, aunque en una sesión como esta el elemento decisivo no es únicamente la focal. La posición de la luz puede transformar por completo la percepción de la botella con apenas unos centímetros de diferencia.

fotografía de producto en estudio

Ser fotógrafa, productora y modelo dentro de la misma sesión

En el shooting participamos Carlos Quevedo y yo. Trabajamos juntos en La Huerta y Carlos me ayuda en ocasiones con la iluminación, la producción y el montaje de los escenarios.

También fuimos nuestros propios modelos.

Las manos que sirven el whisky, las piernas que entran en el encuadre y los cuerpos parcialmente visibles pertenecen a quienes estábamos haciendo las fotografías.

En una de las escenas aparezco sentada en el suelo, sobre la alfombra, con las piernas extendidas junto a la botella. La cámara estaba suspendida sobre mí en el trípode de jirafa y yo misma accionaba el disparo desde el ordenador portátil.

El resultado sugiere una escena casual, pero detrás había una posición de cámara calculada, un encuadre previamente dibujado y un sistema para poder fotografiarme mientras formaba parte de la composición.

Que una imagen parezca espontánea no significa que haya sucedido por accidente.

La escena más difícil fue la de una persona sobre la cama. Necesitábamos una fotografía cenital y mucha altura para incluir correctamente el cuerpo y los objetos.

Tuve que subirme de pie sobre la cama y disparar con los brazos elevados, prácticamente sin poder comprobar el encuadre desde mi posición. Repetimos la toma muchas veces.

En el boceto todo cabía con facilidad. En el espacio real, cada pequeño cambio alteraba la composición: la posición de un brazo, la inclinación de la botella, el borde de la cama o la distancia entre los objetos.

Ahí aparece la diferencia entre planificar una fotografía y ejecutarla. El boceto te dice hacia dónde quieres ir. La sesión te obliga a resolver cómo llegar.

Editar sin borrar la personalidad de la luz

Durante la edición trabajé especialmente los brillos y reflejos. También realicé correcciones de color y ajustes locales de exposición para reducir la intensidad de determinadas zonas.

Sin embargo, no intenté suavizar la imagen ni eliminar la dureza del flash.

Habría sido contradictorio.

La luz directa era una decisión estética tomada desde el principio. Sus sombras, sus contrastes y parte de sus brillos pertenecían al lenguaje de la campaña.

La edición debía limpiar aquello que distraía, equilibrar la serie y asegurar que el producto se leyera correctamente. No debía borrar las decisiones tomadas durante el shooting.

No tenía sentido corregir en edición la personalidad de una luz que habíamos elegido precisamente por su carácter.

Mantuvimos una iluminación similar en todas las fotografías para que la campaña tuviera coherencia. Aunque cambiaban los escenarios, los encuadres y los objetos, las imágenes debían parecer capítulos de una misma noche.

fotografías lifestyle de una campaña de whisky

De las primeras conversaciones a la entrega

Desde que empezamos a hablar del proyecto hasta la entrega final transcurrieron aproximadamente un mes.

Mi agenda ya incluía otros trabajos, por lo que planificamos el shooting unas dos semanas después del primer contacto. La realización de las fotografías y la edición ocuparon alrededor de una semana.

Entregamos al menos una decena de imágenes para la web y las redes sociales de la marca.

El cliente quedó satisfecho con el resultado y no fue necesario repetir ninguna fotografía.

Para mí, esa aprobación no significaba únicamente que las imágenes fueran atractivas. Confirmaba que habíamos conseguido resolver la contradicción inicial: presentar un whisky con glamour y valor percibido sin recurrir a una imagen excesivamente clásica.

Lo que aprendí construyendo una fiesta que no existía

Esta campaña me enseñó que podemos contar una historia amplia mediante planos muy cerrados.

No hace falta mostrar un salón lleno de personas para sugerir una fiesta. Pero esa capacidad de sugerencia no reduce el trabajo de producción. En ocasiones lo aumenta.

Cuando mostramos menos, cada elemento visible tiene más responsabilidad.

La alfombra debe ser la adecuada. La botella tiene que ocupar el lugar exacto. Los zapatos, las cartas o la ropa deben parecer parte de una acción y no objetos colocados para llenar un hueco. La mano que sirve la bebida debe resultar natural. La luz tiene que unir todos esos fragmentos.

La simplicidad del encuadre puede ocultar una construcción muy compleja.

También fue una de las pocas ocasiones en las que he utilizado el flash de una forma tan directa y evidente. He recurrido a él con una intención parecida en un shooting de cervezas dentro de una cervecería y para fotografiar el trabajo de los cocineros en un restaurante italiano.

No es una fórmula que aplique automáticamente. Es una herramienta que elijo cuando la historia necesita esa energía.

La técnica no debería preceder a la intención. Primero tenemos que decidir qué queremos que sienta quien observa la imagen. Después elegimos la luz, el encuadre y los materiales capaces de hacerlo visible.

resultado final de una campaña de fotografía de producto
Fotografías de producto de Cristina Navarro

Lo que puedes aplicar mañana en tu fotografía

  1. Traduce los adjetivos a decisiones visuales. Si un cliente te pide una imagen joven, elegante o desenfadada, pregúntale qué significa exactamente. Después transforma esas palabras en colores, materiales, luz, acciones y encuadres.
  2. No empieces a producir sin alinear expectativas. Aunque no recibas un briefing formal, organiza la información y devuelve al cliente una propuesta visual. Un moodboard puede evitar muchos malentendidos.
  3. Dibuja la escena antes de comprar o montar. No es necesario saber ilustrar. Un boceto sencillo puede ayudarte a prever la composición, el material, la posición del producto y las dificultades técnicas.
  4. Elige un atrezzo que cuente, no solo que combine. Cada objeto debe ayudar a construir el contexto. Pregúntate qué ha ocurrido antes de la fotografía y qué podría suceder después.
  5. Dale una función narrativa a la luz. No utilices un flash duro, una ventana suave o un contraluz porque estén de moda. Decide qué papel debe tener la iluminación dentro de la historia.
  6. Revisa las imágenes en una pantalla grande. En fotografía de producto, un pequeño reflejo puede ocultar la etiqueta o deformar la botella. Trabajar con la cámara conectada ayuda a detectar esos problemas durante la sesión.
  7. Utiliza el fuera de campo. No intentes explicarlo todo en una sola fotografía. A veces, aquello que sugerimos fuera del encuadre hace que una imagen resulte más interesante y activa la imaginación del espectador.

Preguntas frecuentes sobre la planificación de una campaña fotográfica

Como mínimo, un briefing de fotografía de producto debe definir el propio producto, el objetivo de las imágenes, el público, los soportes donde se publicarán, el estilo visual, el número de fotografías, los formatos necesarios, los plazos y los derechos de uso. Cuando el cliente no prepara un documento formal, la fotógrafa debe ordenar esa información y confirmar que la ha interpretado correctamente.

Un moodboard sirve para poner en común referencias de luz, color, composición, materiales, atmósfera y estilo. No es una colección de imágenes para copiar, sino una herramienta para alinear las expectativas del cliente y del equipo antes de comenzar la producción.

Los bocetos permiten anticipar la composición, calcular el atrezzo necesario, elegir el punto de vista y detectar posibles dificultades. También ayudan a explicar una idea al cliente cuando todavía no existe ninguna fotografía.

Cuando se busca una imagen con contraste, sombras visibles, brillos intensos o una estética deliberadamente cruda. No es la solución adecuada para todas las sesiones. Su uso debe responder a la personalidad del producto y a la historia que se quiere construir.

Sí. Es posible sugerir una situación mediante planos cerrados, partes del cuerpo, objetos y acciones sencillas. Sin embargo, trabajar de esta forma requiere una planificación muy precisa: cada detalle visible debe contribuir al contexto y resultar creíble.

Este artículo está escrito por Cristina Navarro, profesora de fotografía gastronómica en el Máster en Periodismo de Viajes y el Máster en Periodismo Gastronómico de la School of Travel Journalism.

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